Aquella tarde, recuerdo te quedaste sentado y comenzaste a hablar. Estabas tan cansado. Yo te miraba paralizada intentando escucharte, intentando poder entenderte, teniendo la mirada estúpidamente perdida en tus ojos que me miraban fijamente intentando hacerme comprender palabras que ni bien tú entendías, pero que se suponía debían calmarme.
Yo tenía miedo, me aterraba esa tranquilidad que intentabas transmitir, no quería oír esas palabras que tanto te costaba pronunciar, mi cuerpo temblaba, mis manos sudaban, mis ojos estaban expectantes por aquel espectáculo.
Hiciste tu mejor esfuerzo. Siempre me reprochaste que no ponía de mi parte, que no lo intentaba, pero en aquel momento no dudé en dejar todo de mí y rogarte que te quedaras, tú tan sólo me miraste, dijiste que ya era demasiado tarde, que ya era la hora de partir .
Me levanté avergonzada, te volteaste dándome la espalda, decidido atravesaste el umbral de esa puerta.
Me senté y observé cómo de a poco te perdías en la plenitud de aquel triste atardecer.
No sé cuánto tiempo habré estado así, luego comencé a llorar sin poder contenerme.
Los fantasmas de la noche comenzaron a aparecer, con ellos volvían mis miedos, la tristeza, sentimientos de vacío que sólo tu espantabas, la única forma de acabarlos era abriendo mi piel, derramando sangre que se suponía debía llevarse aquellos sentimientos, acabar con aquellos recuerdos.
Ya ha pasado mucho tiempo, han pasado demasiados inviernos, y sin importar, yo aún sigo esperando por tu regreso.
No hay comentarios:
Publicar un comentario