domingo, 17 de julio de 2011

Todo ocurrió en una tarde de septiembre. Te saludé como si nada, intentando disimular mi felicidad por volverte a ver.
Me miraste, pude sentir la tensión en aquella mirada. Me dijiste hola como si nada pasara, y sentí cómo tu voz mágicamente callaba las voces que en mi mente no paraban de gritar.
Era primavera, el sol calentaba más que nunca en aquella tarde, aún así sentí congelarme al acercarme a ti y sentirte tan distante.
No sé bien si mis nervios, o la emoción de estar junto a ti nuevamente, me jugaron en contra, y yo ahí, idiotizada no podía parar de mirarte . Por mi mente pasaban tantas cosas, recuerdos, palabras, pero no fui capaz de decir nada.
Estaba fascinada con aquel reencuentro.
Me miraste, acariciaste mi mano, acelerando por completo mi respiración y a la vez cortándola.

Entonces fue cuando comencé a sentir cómo caían las gotas de lluvia en mi ventana, era de madrugada, el frío congelaba y los ruidos de la noche se iban difuminando al abrir mis ojos. Me senté, miré la hora, y pude darme cuenta de que el reloj seguía detenido.

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